9 de abril de 2026

Geopolítica de la violencia urbana, criminal y terrorista



Geopolítica de la violencia.
(Imagen: idea del autor generada con IA).

I
El imaginario social de la violencia


Operativo antidrogas en una favela brasileña.

“No se puede limpiar el mundo con las manos sucias”. 
Raymond Shaw, personaje de la película El embajador del miedo (2004).

La seguridad objetiva y la seguridad subjetiva

Siendo la seguridad un bien jurídico (valor humano protegido por la ley), y viviendo en una sociedad de riesgo, donde las personas son pasibles de ser víctimas, hay dos posibles abordajes del tema con sus respectivas diferencias:

La seguridad objetiva, que se apoya en la elaboración de un índice de actos delictivos, expresado en cifras exactas, y compuesto con datos medibles (encuestas, registros de denuncias e ingresos en fiscalías) que aportan un panorama real de la criminalidad (una imagen de certeza sobre los niveles de seguridad o inseguridad de la zona relevada), contribuyendo a crear mapas del delito, con el objetivo, entre otros, de identificar perfiles de víctimas y victimarios, de diseñar políticas criminales y estrategias preventivas. Las encuestas de victimización son cruciales para determinar las cifras ocultas del delito.

La seguridad subjetiva, por otro lado, está basada en la percepción del delito y las amenazas, generada a partir de los sentimientos propios que pesan sobre el individuo y la sociedad. NO está sustentada en datos o cifras comprobables, sino en la sensación de tranquilidad y/o desasosiego, según el contexto social y las diversas influencias (prejuicios, desconfianza, información distorsionada), ante la posibilidad de convertirse en víctima o sufrir un daño.

La violencia y el temor a ser víctima

El término violencia en sentido estricto indica el uso excesivo de la fuerza o abuso del poder, a nivel físico y/o psicológico, de un agresor, con la intención de imponer situaciones a otros (coaccionar), doblegar la voluntad de la víctima y provocar un daño. Esta concepción resulta medible, permite identificar eventos, actores (agresores/víctimas), y asignar culpas y responsabilidades, conveniente desde la perspectiva policial y judicial.

En un sentido más amplio, puede decirse que la violencia está ligada al entorno cotidiano, el colectivo social y la cultura en general. Cuenta también con raíces históricas que pueden apreciarse en estructuras de dominación impuestas, por ejemplo, en lo político, racial o patriarcal. La manifestación de la violencia en tan diversos contextos implica, desde esta perspectiva, una relación social y un sometimiento o negación del “otro”, visto como un objeto a explotar, ignorar, estigmatizar, etc. Una situación que se presenta compleja para el diseño de políticas públicas y la solución de problemas de fondo.

En la ya mencionada sociedad del riesgo, donde la violencia en sus distintas expresiones yace en estado latente, siempre a punto de manifestarse en algún conflicto, prima la desconfianza hacia las distintas instituciones (policiales, judiciales, penitenciarias), y el miedo hacia el entorno y el semejante (“el otro”). Alejada de las probabilidades sustentadas a través del estudio y evaluación de distintas variables, esta percepción de la amenaza inminente sobre la propia persona, sus bienes, etcétera, y el conflicto emocional que trae aparejado, contribuyen a generar una cultura del miedo. Se impone la preocupación y ansiedad por una situación de violencia NO consumada, donde se enquista y persiste la idea exagerada de convertirse en víctima.

El sentimiento de inseguridad

Sobre la ya mencionada cultura del miedo convergen diversos factores, siendo el de mayor peso la influencia de los medios masivos de comunicación y su agenda (o línea editorial), con el objetivo de movilizar a la opinión pública. Puede decirse que el sentimiento de inseguridad, nicho muy lucrativo para explotar en los últimos años, es una CONSTRUCCIÓN SOCIAL, impulsada por una agenda interesada en ampliar y distorsionar la incidencia de delitos aislados y explotar casos de alto impacto, exagerando la ola de violencia, generando pánico en la población y afectando a todo el colectivo social.
 
Esta manipulación de la información, seleccionada según intereses creados (entre otros, el aumento de audiencia), y con capacidad de excluir o darle mayor o menor relevancia a las noticias, desencadena cambios de hábitos perjudiciales para el desarrollo pleno de la vida de las personas, sometiéndolas al aislamiento de su entorno y estados de ánimos variables, instalándose el malestar, la hostilidad (ira, indignación), el humor volátil y la discriminación. 

En síntesis, la sensación de impotencia y vulnerabilidad que surge en el individuo (sentimiento de inseguridad) disminuye su calidad de vida y lo incita a la violencia cotidiana (por ejemplo, en los casos de justicia por mano propia), y se extiende e impulsa el consenso social masivo, que exige medidas cada vez más extremas como, por ejemplo, políticas más punitivas.

Las consecuencias psicosociales del miedo

Las consecuencias del miedo al delito y todo lo asociado al peligro (aún sin conexión con hechos reales o concretos), incluyen, aparte de la ya mencionada exigencia en soluciones cada vez más punitivas, “mano dura” o endurecimiento de penas, otras situaciones aparejadas a la idea de que cualquiera está expuesto a ser víctima, en cualquier momento, sin poder preverlo ni evitarlo.

A la mayor participación ciudadana impulsada por el Estado en los últimos años (foros vecinales), se suma la injerencia de los grupos de presión con intereses políticos y territoriales (votos) y la construcción de un relato tergiversado desde los medios masivos de comunicación, con el objetivo de explotar el rol más activo de la población, estimulando las manifestaciones de disconformidad con el sistema institucional.

Se manipula la queja contra las políticas públicas, una legislación que se señala como permisiva e ineficaz y un accionar deficiente de las fuerzas de seguridad. Se alienta una radicalización de las posturas (intolerancia), se profundiza la fragmentación y segregación urbana, la jerarquización de la ciudadanía y la inequidad.

Se estigmatiza a las clases sociales pobres y sin voz para legitimar sus reclamos y necesidades, excluyendo también a los jóvenes de estos sectores populares, vistos como un grave factor de riesgo, identificados con la vagancia, las pandillas y el fenómeno narco.

La sociedad se desinteresa por los grupos marginales y condiciona el accionar del Estado para que prescinda de su obligación de garantizar los derechos de toda la ciudadanía, desestimando las políticas inclusivas y apelando a la represión.

Por otro lado, dentro de los espacios de participación ciudadana (foros y consejos vecinales), no se debaten políticas de fondo, sino temas coyunturales y casos puntuales de violencia que refuerzan el temor al delito y el sentimiento de inseguridad. Según las experiencias, se observa una baja participación vecinal, una escasa representatividad y cohesión social, así como la incapacidad de ampliar la convocatoria.


Militante de izquierda con un mortero casero, en los incidentes entre manifestantes y la policía, en protesta por la reforma de la ley previsional de 2017 (Reuters/La Nación, edición del 11 de agosto de 2021).

Las crisis sociales pueden desencadenar actos de terrorismo de baja intensidad, caracterizados por actos violentos perpetrados por individuos o pequeños grupos que emplean armas caseras, artefactos explosivos improvisados o tácticas simples, frecuentemente planificados sin una estructura organizativa compleja. Este fenómeno se basa en la utilización de materiales cotidianos y armas de fabricación casera para infundir terror.
II
Terrorismo

Militantes de Hamás o Resistencia Islámica pro Palestina en la Franja de Gaza.

"El objetivo principal de la guerra moderna es el control de una población, y el terrorismo constituye entonces el arma más apropiada para ello, ya que va dirigido directamente a sus habitantes. En la calle, en el trabajo, en sus casas, los ciudadanos viven, bajo el terrorismo, en una constante amenaza de morir violentamente. 
Lo que caracteriza al terrorismo y le hace aparecer como un arma de extraordinaria fortaleza, es la matanza que generalmente provoca entre la gente indefensa" (Coronel Roger Trinquier, La guerra moderna,1962).

Breves antecedentes

Sobre el terrorismo de origen divino y confesional, en el Antiguo Testamento hay continuas citas y referencias a la ira de Dios. Una característica común a las tres religiones monoteístas y salvíficas. “La idea de un Dios único, majestuoso y amedrentador, puede servir para interpretar y entender ciertos tipos de sociedades patriarcales y monárquicas antiguas. También en las religiones primitivas, en las que se señala la existencia de imágenes amedrentadoras y horribles de las divinidades” (Caro Baroja, Julio). Para el historiador Pablo Allegritti (Las redes secretas del poder, 2009), “los jefes tribales se han servido de acciones encubiertas dentro de poderosas fraternidades étnicas o sociedades reguladoras”.

En el judaísmo destacan los zelotes, facción nacionalista opositora a la ocupación romana que utilizaba como vehículo de lucha el asesinato y unas dagas o espadas cortas llamadas “sicas”. Su rebelión está vinculada a la destrucción de la fortaleza de Masada. Según el Diccionario de Religiones (Royston Pike, 1960), “hacia la época de Cristo, esta secta judía formaba el ala izquierda de los fariseos; sostenían que el reino del Mesías debería ser establecido por la fuerza”.

En el islam, existe el concepto de la pequeña yihad, es decir, la lucha contra los apóstatas o yahiliya (paganismo). Hacia los siglos X y XIII cobra notoriedad la denominada secta de los asesinos, sicarios y mercenarios consumidores de hachís y que ocupaban amplias zonas de Siria e Irak, así como más tarde la sociedad secreta de los thugs o estranguladores en la India.

Sostiene el Diccionario de Religiones con respecto a los asesinos:

“Asesinos” (árabe, hashashin, “el que toma haxix”). “Sociedad secreta surgida dentro de una secta del Islam, que fue fundada en Persia hacia 1090. El rasgo más destacado de esta sociedad era el asesinato de sus enemigos a manos de hombres fanatizados por medio del haxix (estupefaciente hecho de cáñamo); así, sembraron el terror en Siria y Persia”.

“El jefe supremo era el llamado Viejo de la Montaña, a cuyas órdenes estaban los grandes priores o gobernadores provinciales, los priores o misioneros, los iniciados y los fedais o devotos, que no estaban instruidos en los misterios y eran los encargados de llevar a cabo los asesinatos. El último escalón de la jerarquía lo ocupaban los novicios y la masa del pueblo. 

El último Viejo de la Montaña fue derrotado por los mongoles, que destruyeron sus castillos y su secta y lo condenaron a muerte en unión de doce mil de sus seguidores (1256). La secta subsistió en Siria, pero por último fue dispersada por las tropas del sultán mameluco de Egipto”. 

Señala el Diccionario de Religiones con respecto a los thugs:

“Confederación o fraternidad de asesinos profesionales que floreció en la India por espacio de varios siglos hasta que fue finalmente destruida por el gobernador general de la fuerza colonial británica entre 1828 y 1835. 
Los thugs eran adoradores fanáticos de la gran diosa Kali (la mujer negra, diosa hindú de la muerte y la destrucción, manchada de sangre con una cadena de cráneos en su cuello y cintura y cadáveres colgando de sus orejas. Danza sobre el cuerpo de un muerto; pero también es diosa de la creación y la fecundidad). 
Sus crímenes eran realizados como un deber religioso, ofreciendo a la diosa una parte considerable del botín. Ordinariamente viajaban en cuadrillas de diez, cien o aún de doscientos; el método de asesinato que preferían era la estrangulación con un pañuelo o con una cuerda. Después de despojar el cadáver, le daban sepultura religiosa”.

Años después, sostenía Walter Laqueur (Una historia del terrorismo, 2003), que el ineficaz terrorismo indio era una mezcla de tradiciones propias e influencias occidentales y que “los jóvenes patriotas eran hindúes ortodoxos que despreciaban a los políticos reformistas que, según decían, violaban los principios religiosos”. En sus manifiestos amenazaban con derramar en la tierra la sangre de sus enemigos, no solo británicos sino también musulmanes.

“Normalmente el robo y la pertenencia a bandas de ladrones se consideraban crímenes, pero se justificaba la destrucción —en consecución— del bien más elevado: se trataba de una obra de mérito religioso. 

El asesinato de extranjeros no era pecado sino jagna, un sacrifico ceremonial. 

Las bombas debían confeccionarse en secreto y había que importar del extranjero las armas de fuego, para que las personas de Occidente vendiesen por dinero su propia patria”.

Los líderes invocaban a la diosa Kali en los discursos patrióticos: “somos todos hindúes e idólatras” y no se avergonzaban por decirlo. Comparaban las bombas a las fórmulas sagradas, a la magia y a los amuletos. Estos líderes y sus discípulos se opusieron al pacifismo y al elemento universalista (al que consideraban una comedia) de la religión hindú. Uno de ellos asesinó a Gandhi en 1948.

Con respecto al Cristianismo, hay una oposición con el paganismo y las doctrinas alternativas o heréticas, una estrategia propagandística de Pablo de Tarso para la conversión y luego una absorción de dicho paganismo a partir del Concilio de Nicea y la adopción oficial de la fe cristiana como religión del Imperio Romano.

Luego, la doctrina de la Iglesia da origen a la Inquisición, al terrorismo ideológico, a la persecución de la divergencia (por ejemplo, los cátaros y albigenses), o la caza de brujas. 

Durante la Contrarreforma surge el concepto de propaganda para contrarrestar las ideas de Lutero y otros reformistas. Resultan relevantes los seminarios de Michel Foucault sobre la figura político-religiosa del Buen Pastor y su vinculación con algunas sociedades secretas. Estas divergencias dieron origen a numerosas guerras y a matanzas como la de San Bartolomé en Francia (1572), durante la cual fueron masacrados varios miles de hugonotes.

Con respecto al terrorismo político, es posible mencionar la Revolución Francesa y destacar el período jacobino (septiembre de 1793 hasta julio de 1794), el uso de la guillotina, la creación del Culto a la Razón patrocinado por el Estado, destinado a reemplazar al catolicismo (clero y crucifijos), y la caída de Robespierre (aquí se puede trazar un paralelismo con regímenes contemporáneos como los implantados por Hitler, Stalin, Mao, Franco o Mussolini, por ejemplo). 

En 1807 surge en Nápoles otro grupo insurrecto, los carbonarios. En su versión italiana era una secta política y religiosa que tenía por objeto la independencia de Italia y la reforma de la Iglesia. Cita Walter Laqueur parte de su juramento:

“La cruz ha de servir para crucificar al tirano que nos persigue y perturba nuestras sagradas operaciones. La corona de espinas ha de servirnos para perforar su cabeza. El cordón simboliza la soga con la que hemos de llevarlo al patíbulo: la escalera le ayudará a subir hasta él. Las hojas son clavos con los que perforar sus manos y sus pies. La piqueta se hundirá en su pecho y derramará la impura sangre que corre por sus venas. El hacha separará del cuerpo su cabeza, como a un lobo que trastorna nuestras pacíficas labores. La sal evitará la corrupción de su cabeza, para que pueda perdurar en calidad de monumento a la eterna infamia de los déspotas”.

Otros autores también señalan el período crucial de 1867-1868 de la Restauración Meiji contra el Shogunato (gobierno militar de los señores feudales) en Japón. También la pos Guerra Civil de Estados Unidos (1861-1865) y el surgimiento del Ku Klux Klan. El investigador David Rapaport (Las cuatro oleadas del terrorismo moderno, 2004) va a fijar una cronología de oleadas terroristas a partir del anarquismo a fines del siglo XIX.

Evolución histórica del terrorismo en oleadas 

  • Anarquistas y nacionalistas del siglo XIX: surgió en Rusia hacia fines del siglo XIX en la época despótica de los zares y se extendió rápidamente. Su acción propagandística destacaba por el uso del telégrafo, los panfletos y periódicos, así como también por el uso de explosivos. 
  • Terrorismo anticolonial en el siglo XX: surgió a principios del siglo XX. Destaca en aquella época el Ejército Republicano Irlandés o IRA fundado por Michael Collins, y ya en la décadas de 1940-1950, la guerrilla liderada por Ho Chi Minh y surgida de la alianza entre comunistas y nacionalistas en el contexto de la guerra de Indochina con el objetivo de independizarse de Francia.
  • Ideologías de izquierda y etnoseparatistas: surgió en las décadas de 1960 y 1970. Aquí se encuadran las diversas guerrillas latinoamericanas (FARC, Sendero Luminoso, Montoneros, Tupamaros), grupos como la OLP (1964) o Septiembre Negro (1970) en Medio Oriente y, ya en Europa, ETA o País Vasco y Libertad (1958-2018), Baader-Meinhof o Fracción del Ejército Rojo en Alemania (1970-1998) y las Brigadas Rojas italianas (1969- 1987).
  • Terrorismo religioso y fundamentalista: de la cual el yihadismo es su peor exponente, sobre todo en la evolucionada variante del ataque suicida. Puede situarse la ascendencia de esta tipología terrorista en el surgimiento de los movimientos islamistas del siglo XIX y, más actualmente, en la OLP u Organización para la Liberación de Palestina, creada por Yasir Arafat en 1964 como reacción al nacimiento del Estado de Israel. Otros: Sociedad de los Hermanos Musulmanes, Hamás, Hezbolá (chií, Irán), Al-Qaeda y Estado Islámico.

Ideas asistemáticas 

"Se señaló que unos cuantos terroristas de la época padecían epilepsia, tuberculosis y otras enfermedades. Lombroso vio un vínculo entre el lanzamiento de bombas y la pelagra y otras carencias vitamínicas presentes en las personas del sur de Europa que se alimentaban a base de maíz. 

Otros detectaron un vínculo con la sobreexcitación nerviosa general de la época, que también se manifestaba en un individualismo exagerado y en la difusión de una literatura decadente. 

Se investigó la conexión entre el terrorismo y la presión barométrica, las fases de la luna, el alcoholismo y la sequía, y se pusieron muy de moda las mediciones de los cráneos de los terroristas” (Walter Laqueur, Una historia del terrorismo).

El caso japonés

Dentro de la categoría religiosa/fundamentalista podría incluirse también a la secta apocalíptica Verdad Suprema, creada en los años 80 por un líder japonés “iluminado” y que llegó a contar en su apogeo con decenas de miles de miembros, exigiendo de estos altos estándares de vida social, profesional y económica.

Esta organización espiritual y religiosa mezclaba creencias hindúes, budistas y proféticas de extracción cristiana. Este culto apocalíptico, según BBC News (2016), “se volvió más violento, secuestrando, hiriendo y matando a sus rivales, incluso utilizando agentes químicos y biológicos en algunos ataques”. Ejemplo de esto, lo constituye el ataque al metro de Tokyo llevado a cabo en 1995, cuando varios miembros del grupo liberaron gas nervioso sarín provocando la muerte de 12 personas y varios cientos de heridos. También existieron otros intentos fallidos de ataque.

Varios de sus miembros fueron condenados a muerte. Actualmente esta secta está dispersa en pequeñas agrupaciones, aunque siguen siendo considerados peligrosos y continúan bajo estricta vigilancia.

Conclusión y características

No existe una definición consensuada sobre el terrorismo, pero este se caracteriza por llevar a cabo actos violentos con la intención de producir daños humanos y materiales sin distinción de categorías, ejecutados por grupos, individuos y Estados que hacen uso sistemático del terror y su propaganda para impactar en el imaginario colectivo, intimidar a la sociedad y forzar reacciones políticas en pos de sus objetivos, que abarcan un amplio espectro de creencias, ideologías o doctrinas.

  • Objetivo: violencia política: El terrorismo busca influir en las decisiones políticas a través del miedo y la violencia. 
  • Ideología extrema: Los grupos terroristas creen firmemente en una ideología que justifica el uso de la violencia como medio para alcanzar sus objetivos.
  • Ataques indiscriminados a civiles: Los ataques terroristas buscan causar miedo y daño, sin importar quiénes sean las víctimas.
  • Impacto psicológico o propaganda: Los actos terroristas buscan sembrar el terror y la incertidumbre en la población y afectar la estabilidad y seguridad del Estado.


Gráfico del autor. Clicar en la imagen para ampliar.

El terrorismo global islamista pos Guerra Fría, apoyado en las innovaciones de la cultura digital,  presenta una estructura difusa, adeptos masivos, extrema violencia, conflictos asimétricos y objetivos trasnacionales. 

III
Crimen organizado transnacional


Miembros del Comando Vermelho en Brasil.

"El abuso de drogas es una de las fuerzas más viciosas y corrosivas que atacan los cimientos de la sociedad estadounidense actual. Es la mayor causa de crimen y un despiadado destructor de vidas humanas. Debemos luchar con todos los recursos a nuestro alcance. Esta administración ha declarado una guerra mundial total contra la amenaza de las drogas" (Richard Nixon, en el año de creación de la DEA, 1973).

Breves antecedentes

Desde la antigüedad ha existido un modelo de delito constante y tradicional vinculado al robo, la violación, la extorsión, el saqueo, el asesinato y otros ilícitos. Al respecto, resulta estéril la tarea de intentar vincular la actividad delictiva de algunos grupos aislados o de actuación circunstancial en la historia al, sin duda, actual concepto (surgido en las primeras décadas del siglo XX) de crimen organizado.

En el período que se extiende entre 1830 y 1860, y durante las llamadas Guerras del Opio, con el intervencionismo de Gran Bretaña y Francia, China sufre una grave crisis social producto de la introducción de la droga proveniente desde la India, y que permitió a los británicos paliar el déficit comercial que tenía con el país asiático. Al igual que sucedió con Japón, las potencias occidentales obligaron a la apertura de los puertos chinos al comercio y es en este período que se produce la anexión de Hong Kong en 1842.

Al margen de organizaciones como la Yakuza y las Tríadas, el concepto moderno de crimen organizado se empieza a gestar a principios del siglo XX en Estados Unidos con la promulgación de leyes prohibitivas contra el opio y los narcóticos (Ley Harrison), la Ley Seca (1919) y el afianzamiento del contrabando, el surgimiento del FBI y la controvertida figura de J. Edgar Hoover.

En los años 40 surge la Cosa Nostra, organización criminal vinculada a la mafia ítaloamericana y se consolida el poder de las cinco familias del crimen de Nueva York: los Bonanno, los Colombo, los Gambino, los Genovese y los Lucchese. En los años 60 se produce un incremento en el tráfico de drogas.

Otros puntos de inflexión lo constituyen la ley RICO (1970) de chantaje civil, influencia y organizaciones corruptas y la creación de la DEA en 1973.

Durante las décadas del 70 y 80 aumentan su poder e influencia los grandes carteles de la droga en Colombia (Cali y Medellín, este último encabezado por Pablo Escobar) y, en México, Félix Gallardo, el cartel de Guadalajara y sus sucesores (los carteles de Tijuana, Sinaloa, Juárez y del Golfo).

En la posguerra fría, eclosionan de forma violenta la mafia rusa y las de los países balcánicos, surgidas en un contexto de Estados fallidos y de un nuevo proceso de globalización, en el que la ciberdelincuencia juega un papel crucial. Con el ciberdelito han surgido nuevas modalidades delictivas y se han perfeccionado otras. El crimen organizado alcanza su punto más alto en sus operaciones a nivel transnacional, expandiendo sus redes y creciendo en versatilidad.

Tatuajes, ritos de sangre, códigos de silencio, juramentos de lealtad al grupo, a los santos o la deidad son el sello de identidad y secretismo de las mafias y organizaciones criminales. En las últimas décadas se ha extendido en el ámbito de la narcocultura el culto a la Santa Muerte, una especie de espiritualidad asociada al estilo de vida y las muertes brutales a las que están sujetos los miembros de estos grupos criminales, incluidos rituales y prácticas extremas de canibalismo entre bandas rivales, como se ha dado el caso entre algunos carteles mexicanos. Constituye un aditamento sectario que transgrede la moral imperante en la sociedad y el Estado al cual le disputan territorialidad y espacios de poder.

Conclusión y características 

El crimen organizado se caracteriza por la comisión de delitos graves, tales como la trata de personas, el tráfico de armas, drogas y tabaco, el blanqueo de capitales, la pornografía infantil, el secuestro, la extorsión y la minería ilegal, entre otros.

Diversos organismos internacionales, como Interpol, la Organización de las Naciones Unidas (en particular, la Convención de Palermo o Convención contra la Delincuencia Organizada Transnacional, 2003) y la Unión Europea, han establecido indicadores comunes que permiten definir a una organización criminal. Entre dichos indicadores se destacan: la participación o colaboración de al menos tres personas; la realización de actividades ilícitas o la comisión de delitos graves de manera sostenida en el tiempo; la búsqueda de beneficios de índole social, material y económica, así como la obtención de poder; la existencia de una estructura organizativa con división de funciones y asignación de roles específicos; la presencia de un orden jerárquico, junto con mecanismos de disciplina y control interno; la capacidad para operar a nivel transnacional; la utilización de estructuras comerciales o empresariales como fachada; el empleo de la violencia, la coacción y otros métodos de intimidación; y la capacidad de influir en diversos ámbitos mediante actos de corrupción y operaciones vinculadas al blanqueo de capitales o lavado de activos.



Gráfico del autor. Clicar en la imagen para ampliar.

La evolución y actualidad del narcoterrorismo pos Guerra Fría se caracteriza por el despojo de las ideologías en pos de intereses económicos, el surgimiento de organizaciones híbridas y la capacidad de innovación y adaptabilidad.


Operativo antidrogas en Brasil.


Publicado por DW

La corrupción y la violencia extrema ocasionan el colapso de las diversas estructuras estatales, desde los sistemas penitenciarios y forenses hasta las morgues.

IV
Relación entre terrorismo, narcotráfico y crimen organizado transnacional

El terrorismo se diferencia por su carga ideológica y meta política de conquistar el poder, características de las cuales está exento el crimen organizado tradicional cuyo objetivo fundamental es el lucro económico. Por el contrario, el terrorismo se involucra en actividades delictivas para el financiamiento de sus causas.

Coinciden el narcotráfico y el terrorismo en que desafían y debilitan la autoridad del Estado y sus leyes. Dañan las instituciones democráticas y el estado de derecho.

Estos fenómenos se revitalizan constantemente y nuevas estructuras y organizaciones híbridas han surgido en una realidad de crisis económica global y escasez presupuestaria para enfrentarlas.



Pandilleros de Haití.