10 de septiembre de 2014

Símbolo, dogma, sociedad: La cruz y la corona como simbolismos de renacimiento


La ilustración procede del libro Los masones y los templos del siglo XX, Buenos Aires, 2007, ISBN: 987-05-1544-4.

Sostiene el antropólogo Maurice Godelier: “Los verdaderos actores de la historia saben que utilizan medios simbólicos pero saben también, que su poder por medio de símbolos, que su poder sobre los símbolos es un poder eficaz, real y no ilusorio".

Una sentencia muy acertada esta última, si se la extrapola y vincula -en un esfuerzo por relacionar, comprender y asimilar sucesos históricos-, con el cristianismo, a partir de su adopción por el imperio romano de Constantino, de la instrumentación de los primeros Concilios a partir del de Nicea en 325 de la e.C., y la institucionalización del cada vez más acentuado dogma de la Iglesia y el clero. (1)

Esta decisión conlleva un sentido y una intención de búsqueda de la unicidad dentro de la estructura política, social y militar del imperio, para lo cual el cristianismo en plena etapa de organización se apropiará del simbolismo pagano -desde el Sol Invictus hasta Lucifer o el portador de luz, mito asociado al planeta Venus y al ángel caído-, y lo usufructuará para su mejor adaptación y supervivencia en su nueva realidad y estatus. Silenciado y manipulado el simbolismo subyacente, el secreto del éxito dogmático de los nuevos padres de la iglesia y de la pretendida espiritualidad de Occidente, no consiste en ocultar el símbolo o hacerlo esquivo a la vista, sino en no revelar su verdadero trasfondo, haciéndolo inaccesible al discernimiento de los otros.

Un ejemplo lo constituye el símbolo combinado de la Cruz y la Corona.

La crucifixión de Cristo es otro simbolismo de fertilidad que se encuentra en los rituales de otros salvadores de culturas antiguas: todos tuvieron nacimientos divinos o semi divinos, florecieron (2), fueron muertos y resucitaron; pertenecen a las religiones cíclicas en las que la muerte y la resurrección del dios-rey era un mito eternamente repetido.

En Mateo 16,18, Cristo nombra a Pedro como la roca sobre la que se levantará su iglesia en la tierra y lo nombra su vicario. Dice Jung: “después de la Ascensión de Cristo, Pedro es el representante visible de la divinidad; de ahí que sufra la misma muerte (crucifixión) que Cristo, sustituya al dios principal del imperio romano, al sol invictus y pase a ser la cabeza de la iglesia triunfante.

La corona es un atributo solar. El sol al ponerse, nombra un sucesor a quien transmite la fuerza solar.” (3)

En palabras atribuidas a Jesús, que si existió fue uno de los tantos mesías de su época, este dice, o le hacen decir: "Tú eres Pedro -de petra, roca, y petros, piedra-, y sobre esta piedra construiré mi iglesia".

Desbastar la piedra, en vez de rascar apenas lo ilusorio, como se alude en la metáfora masónica: pero esta nueva actitud adoptada exige una elección y un discernimiento. Una decisión de esta naturaleza, para encuadrarse dentro del parámetro de lo correctamente moral para el que la toma, implicaría adoptar decisiones a sabiendas de por qué se las toma. Evaluar consecuencias, causas y tener la capacidad de rectificar el rumbo.

No es otra cosa que el acróstico V.I.T.R.I.O.L. de los masones cuyo significado es: "Visita el interior de la tierra. Rectificando encontrarás la piedra escondida".

El postulado masónico, en este aspecto, invita a la búsqueda, a escarbar dentro de uno mismo y dilucidar.

La palabra iniciación proviene de initiae y/o initium, palabras que aluden al inicio o comienzo, y también de inire, es decir, ir dentro o ingresar. Otros señalan la palabra initiatio, también como comienzo o entrada.

En un contexto más simple la ceremonia de iniciación es aquella por la cual se acepta al candidato en una entidad, grupo o asociación. O sociedades, como en los ritos de paso de los pueblos que antaño todavía no estaban industrializados y de los que pocos quedan.

Notas

(1) Como ejemplos caben señalarse la instauración del celibato en el siglo XI, pero debido a cuestiones económicas y a la necesidad y/o ambición de la Iglesia por preservar y acrecentar su patrimonio; ya en el ámbito teológico, y a partir de la iniciativa de Inocencio III en el Concilio de Letrán en 1215, se produce la institucionalización del dogma de la transustanciación. A mediados del siglo XIX, y en el transcurso del reinado de Pío IX, se fijará en el ideario popular la doctrina de la infalibilidad papal y el naciente culto Mariano de la Inmaculada Concepción.

(2) Se llama neófito, que significa recién nacido o nueva planta, a aquel que acaba de ser iniciado.

(3) Se considera Vicario al suplente o sustituto que ejerce tareas de otro. Actualmente se usa en el ámbito eclesiástico. Desde la perspectiva simbólica alude a la ley de la vida que exige que la rueda avance (ejemplificada por la cruz griega de brazos iguales o la aún más vieja cruz tau; no la latina), y se cumpla el proceso cíclico de renovación y muerte en distintos planos, ya sea psíquico, social o de la Naturaleza (por ejemplo, solsticios y equinoccios). A título individual, todo proceso iniciático nos somete a numerosas muertes en el transcurso de nuestra existencia, implicando una internalización y consecuente madurez.