El templo original inaugurado en 1969 y demolido en 2024. Foto: Nueva Era. Bodas de Oro (1919-1969).
Arquitectura, teología y simbolismo
Inaugurado en 1969, el templo de la Congregación del Buen Pastor de Tandil ofrece un caso de estudio sobre las relaciones entre arquitectura religiosa, iconografía cristiana y simbolismo iniciático. Su planta octogonal, la figura del Buen Pastor y los motivos incorporados en distintas etapas de su historia permiten examinar las concepciones espirituales expresadas en la arquitectura y sus transformaciones.
El análisis articula tres perspectivas: la tradición luterana, el simbolismo del grado 18 —Caballero Rosacruz— del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y el concepto de poder pastoral desarrollado por Michel Foucault.
La planta octogonal y la figura del Buen Pastor en la fachada pertenecen al proyecto original. Los vitrales, la estructura de piedra cúbica con remate piramidal y el enrejado fueron incorporados en reformas posteriores. Esta secuencia permite distinguir las distintas etapas de configuración del edificio y examinar las transformaciones de su repertorio visual.
Nota metodológica
El estudio se basa en un registro fotográfico original integrado por una imagen de 1969 y seis fotografías de la fachada, la cúpula, las puertas de acceso y los vitrales, tomadas antes de la demolición del templo. Este corpus documental permite examinar la configuración arquitectónica del edificio, sus transformaciones y su repertorio iconográfico desde las perspectivas teológica, histórica y simbólica propuestas.
La figura del Buen Pastor y la geometría del templo
Situada sobre el acceso principal, la figura del Buen Pastor constituye el eje iconográfico del proyecto original. Inspirada en el Evangelio de Juan, representa a Cristo como guía y protector de su comunidad. El cayado expresa la conducción espiritual y el halo circular remite a la santidad, con resonancias del antiguo culto solar, cuyo simbolismo se vincula con la divinidad y la vida.
La planta octogonal introduce una dimensión geométrica vinculada con la tradición simbólica occidental. El octágono ocupa una posición intermedia entre el cuadrado, asociado con el orden terrestre, y el círculo, relacionado con la perfección celeste. Esta relación permite leer la geometría del templo como una expresión del tránsito entre la condición material y la aspiración trascendente.
En una reforma posterior se incorporó a la fachada una estructura de piedra cúbica con remate piramidal, coronada por la cruz y sostenida por cuatro pilastras. La piedra remite al trabajo y la disciplina; la pirámide introduce una dirección ascendente, y la cruz integra la composición en el horizonte cristiano. El conjunto relaciona la materia trabajada con la elevación espiritual.
Poder pastoral y espacialidad religiosa
En Seguridad, territorio, población, Michel Foucault analiza el pastorado cristiano como una forma de conducción dirigida tanto al conjunto de los fieles como a cada individuo. La fórmula omnes et singulatim —todos y cada uno— sintetiza esta doble orientación, ejercida mediante el cuidado, la guía y la formación de las conductas.
La figura del Buen Pastor expresa visualmente esta concepción. El cayado representa la protección y la conducción, mientras que su ubicación sobre el acceso vincula la entrada al recinto con la pertenencia comunitaria. Las letras Alfa y Omega, dispuestas en las puertas, completan el programa teológico: Cristo es principio y fin de todas las cosas.
La planta octogonal organiza el ámbito de culto mediante una configuración compartida por los asistentes. La oración, la escucha de la palabra y la participación en el culto articulan la experiencia individual con la vida comunitaria. Desde la perspectiva foucaultiana, esta relación permite estudiar cómo la arquitectura religiosa se integra en las prácticas de conducción espiritual y formación de las conductas.
La Rosa de Lutero y el Caballero Rosacruz
La cruz y la rosa constituyen motivos centrales para comparar la simbología luterana con la del grado 18 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Ambas tradiciones los relacionan con el sufrimiento, la esperanza y la renovación espiritual, aunque desarrollan estos conceptos dentro de marcos doctrinales diferentes.
La Rosa de Lutero reúne una cruz negra situada en el centro de un corazón rojo, una rosa blanca, un campo azul y un anillo dorado. En la explicación transmitida por Martín Lutero a Lázaro Spengler en 1530, el emblema sintetiza aspectos centrales de su pensamiento teológico. La cruz expresa la centralidad de Cristo; el corazón rojo representa la vida creyente; la rosa blanca simboliza la paz y el consuelo; el campo azul remite a la esperanza en la gloria futura, y el anillo dorado, a la eternidad.
El emblema sitúa la renovación del creyente en la fe y la gracia divina. En el grado de Caballero Rosacruz, en cambio, la cruz y la rosa se integran en un itinerario iniciático: la primera representa la prueba y el sacrificio; la segunda, el florecimiento espiritual y la renovación de la conciencia. Esta asociación se vincula con el perfeccionamiento moral y las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad.
La comparación muestra una afinidad simbólica en torno al sacrificio y la renovación, articulada de manera diferente en cada tradición: como expresión de la salvación por la fe en el luteranismo y como proceso de transformación interior en el simbolismo rosacruz.
La cruz, las letras y los vitrales
Las puertas presentan composiciones geométricas de cuadrángulos, círculos y rombos, junto con las letras Alfa y Omega. Las figuras establecen un orden visual basado en la proporción, mientras que las letras identifican a Cristo como principio y fin de todas las cosas.
Los vitrales, incorporados en una etapa posterior, amplían el repertorio iconográfico. El Cordero Místico y el libro de los siete sellos remiten al Apocalipsis y a la victoria de Cristo sobre la muerte. Las espigas de trigo y los racimos de uvas evocan el pan y el vino de la tradición cristiana, asociados con la comunión y la vida sacramental. La tríada de rosas introduce motivos de armonía, plenitud y regeneración.
La disposición de estos elementos permite estudiar las relaciones entre la iconografía cristiana y las interpretaciones iniciáticas, especialmente a través de los motivos de la cruz y la rosa.
Arquitectura y simbolismo religioso
El Templo del Buen Pastor ofrece una aproximación a las relaciones entre espacio religioso, autoridad espiritual e interpretación simbólica. La geometría y las imágenes organizan un repertorio visual de raíz cristiana, mientras que la perspectiva foucaultiana y la comparación rosacruz permiten examinar sus dimensiones sociales e iniciáticas. El edificio constituye así un caso de estudio sobre las formas en que la arquitectura religiosa expresa concepciones de la vida espiritual.
Bibliografía
Campos, Mauricio Javier (2026). El templo masónico: arquitectura, rito y sentido. Simbolismo iniciático y arquitectura sagrada en Tandil. Rosario: Prohistoria Ediciones.
Corbière, Emilio J. (seud. Francisco de Miranda). El sello de Martín Lutero (Un enigma de la historia). Símbolo XLVII, n.º 53 (agosto-septiembre de 1994): 11-12. El artículo aborda el significado teológico del emblema luterano a partir de la explicación que Lutero transmitió a Lázaro Spengler en 1530.
Foucault, Michel (2006). Seguridad, territorio, población. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Los cursos del 8 y 22 de febrero y del 1 de marzo de 1978 (pp. 139-160, 191-220 y 221-238, respectivamente) examinan el pastorado cristiano, las relaciones entre obediencia y poder y las formas de conducción espiritual.
Frau Abrines, L., Arús y Arderiu, R., y Almeida, L. (s. f.). Diccionario enciclopédico de la masonería (ed. corregida y aumentada, t. III). Editorial del Valle de México, voz «Rosa Cruz o Caballero Rosacruz», pp. 1612-1653.
Frau Abrines, L., Arús y Arderiu, R., y Almeida, L. (s. f.). Diccionario enciclopédico de la masonería (ed. corregida y aumentada, t. V). Editorial del Valle de México, voz «Grado de Caballero Rosacruz», pp. 782-798.
Apéndice iconográfico
Créditos fotográficos: las seis fotografías que ilustran este apéndice son originales y fueron tomadas por el autor, Mauricio Javier Campos.
La Piedra Cúbica Piramidal
Fotografía: Mauricio Javier Campos
Simboliza la materia rectificada que se eleva hacia lo trascendente. Su base cúbica representa la firmeza moral, la razón y el dominio de sí; su cúspide piramidal señala la aspiración del espíritu hacia la Gran Luz.
Fachada y acceso al edificio
Fotografía: Mauricio Javier Campos
Frente del edificio antes de su demolición. Tres escalones elevan el acceso hasta una puerta de doble hoja, protegida por una reja de rombos en la que aparecen los símbolos de Alfa y Omega, principio y fin. A ambos lados, dos faroles flanquean la entrada y evocan, por su disposición, las columnas del pórtico del Templo de Salomón. Sobre el pequeño alero angular, una figura lineal representa a un pastor con cayado y halo.
La fachada admite una lectura masónica: los tres escalones pueden asociarse con los grados iniciáticos y los faroles, con las columnas Jakin y Boaz. Alfa y Omega remiten al principio y al fin, mientras que el trazado continuo de la figura del pastor permite establecer una posible relación con la cadena de unión. En conjunto, estos elementos confieren al acceso una dimensión simbólica vinculada al tránsito hacia el espacio de trabajo iniciático.
Puertas de acceso
Fotografía: Mauricio Javier Campos
Puerta de doble hoja con montante superior, cerramiento vidriado y reja de rombos. Sobre el enrejado se destacan los símbolos de Alfa, a la izquierda, acompañado por una escuadra, y Omega, a la derecha. En la tradición cristiana, ambos representan el principio y el fin; su presencia en este acceso permite explorar su integración en el lenguaje simbólico del Taller. La trama romboidal organiza visualmente el cerramiento y establece una separación entre el interior y el exterior. Leída en clave iniciática, la puerta adquiere el sentido de un umbral: el paso del espacio profano al ámbito ritual del Taller, asociado a la transformación simbólica del iniciado y a su búsqueda de la Luz.
Vitral del Cordero Místico
Fotografía: Mauricio Javier Campos
Lenguaje cristiano: la cruz sobre el orbe expresa la soberanía de Cristo; el Cordero, su sacrificio redentor; la corona de espinas, su Pasión; y la paloma, la presencia del Espíritu Santo.
Lenguaje iniciático: en el grado 18 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, estos mismos motivos pueden leerse como un camino de transformación interior: la autoridad se traduce en responsabilidad moral, el sacrificio en renuncia al egoísmo y la presencia espiritual en esperanza y renovación. Así, el lenguaje masónico no sustituye el sentido cristiano de las imágenes, sino que lo retoma como referencia para la reflexión ética, el amor fraternal y el perfeccionamiento del iniciado.

Vitral del simbolismo iniciático
Fotografía: Mauricio Javier Campos
Vitral compuesto por la venera de Santiago Apóstol, la granada abierta, el libro abierto, la rosa y las espigas de trigo cruzadas con un racimo de uvas. La granada evoca la pluralidad reunida en la unidad; el libro, la Ley Sagrada; y la rosa, la tradición rosacruz. La venera remite a la purificación, mientras que el trigo y la vid evocan tanto la Eucaristía cristiana como la cena mística rosacruz, asociada a la renovación de la alianza fraterna, la celebración del amor universal (ágape) y la memoria del sacrificio por la verdad. El lema «Siempre adelante» expresa la perseverancia y el perfeccionamiento moral. En conjunto, los emblemas permiten interpretar el vitral como una síntesis del trabajo de Taller y del camino de formación masónica.
Otros enlaces vinculados a la masonería en Tandil: